Capítulo 3
¿Mi coeficiente intelectual no es suficiente? ¡Entonces devuélveme la vida, mamá!
Este capítulo tiene unos 4,300 caracteres (unos 4 minutos de lectura) y es el último de los 3 capítulos de muestra que puedes leer aquí.
Mi nuevo cuerpo, ligero como el aire, flotó rápidamente hasta alcanzar a mis padres.
Ya estaban en la cafetería de la parada de servicio, con una mesa llena de comida deliciosa y caliente.
Mamá estaba obligando a Thiago a tomar algo.
Hace demasiado frío afuera, mi amor. Tienes que tomar agua tibia para no enfermarte.
Thiago tomó un sorbo con desgano. Yo miré la escena y tragué saliva, deseando con toda mi alma poder tomar un poco de esa agua.
Mamá, yo también tengo frío.
Supliqué tímidamente, pero mamá ni siquiera parpadeó.
Siguió dándole fruta y agua a Thiago.
Era como si yo fuera completamente invisible para ella.
Me aguanté las ganas de llorar.
En ese momento, papá miró su reloj y frunció el ceño.
Ya llevamos una hora aquí esperándola. ¿Por qué no ha llegado Chloe? Espero que no le haya pasado nada en la autopista.
Mi corazón dio un vuelco de alegría.
Papá... al fin se había acordado de mí.
¡Papá, me encontré con un camión enorme! Estaba muy cansada y no pude correr, y ese camión...
Quise gritarle con todas mis fuerzas.
Pero mamá interrumpió con tono impaciente:
Sebastián, por favor. Son solo dos kilómetros. No es para tanto.
Si hubiera sido Thiago, ya habría llegado corriendo hace rato.
Esa niña siempre ha sido una floja desde bebé. ¡Esto le servirá para hacer algo de ejercicio y dejar de ser tan débil!
Thiago asintió con la cabeza.
Él no solo era el mejor en matemáticas, también era el más rápido en los deportes de la escuela.
Siempre es tan lenta. Si no entrena un poco, nos va a dar problemas de salud toda la vida comentó Thiago con una mueca de desprecio.
Thiago siempre se burlaba de mí. Esta vez, en el auto, me había hecho esa pregunta de matemáticas a propósito.
Solo quería que mamá viera lo tonta que soy.
Antes, yo siempre le sonreía a Thiago como una tonta, sin guardarle rencor. Después de todo, era mi hermano mayor.
Pero esta vez me sentí muy triste y enojada.
Le grité:
¡No soy lenta! ¡Eres muy malo, Thiago!
Si no hubiera sido por su culpa, mamá no me habría echado del auto.
Papá dudó un momento. Miró la espesa niebla a través de la ventana de la cafetería, y luego su rostro se relajó.
Es verdad. Una caminata de dos kilómetros le toma a un adulto unos veinte o treinta minutos. Considerando el frío, es normal que una niña tarde un poco más.
Escuchar los cálculos fríos de papá me oprimió el pecho.
Siempre he sido una niña enfermiza. Me cansaba con solo caminar unos metros, ¿cómo iba a poder dar tres mil pasos bajo este frío extremo?
Pero ellos parecían haberlo olvidado. Decidieron esperar un poco más.
Esperaron otra hora, hasta que Thiago se aburrió.
Empezó a quejarse y a pedirle a papá que ya nos fuéramos.
En ese momento, una pareja entró a la cafetería hablando en voz alta, interrumpiendo los quejidos de mi hermano.
Salimos tempranísimo para evitar el tráfico de Navidad, y aun así nos atrapó un embotellamiento terrible.
Sí, el accidente de hace un rato fue espantoso. Escuché que un camión aplastó a un niño en la autopista... Pobrecito, no quedó nada de él...
Al escuchar esto, mi padre dio un respingo y empezó a temblar.
Mamá también se puso pálida. Rápidamente sacó su teléfono.
Al ver que el punto de localización de la cámara seguía moviéndose en la pantalla, soltó un suspiro de alivio.
Pero al segundo siguiente, su rostro se llenó de rabia.
La cámara que le di tiene GPS integrado en tiempo real.
Miren esto. Se está moviendo muy rápido en el mapa. Seguro consiguió que alguien la llevara en su auto y ahora se está haciendo la víctima. ¡Es una desobediente!
¡No la vamos a esperar más! Vámonos ya. ¡Si es tan lista como para subirse al auto de un extraño, que le pida a esa persona que la lleve directo a casa de los abuelos!
Al escucharla, me desesperé.
¡Mamá, eso no es verdad!
No me subí al auto de nadie. ¡Ese punto que se mueve es una ambulancia, no un auto que me está llevando!
Pero mamá no podía oírme.
Le puso la bufanda a Thiago, tomó del brazo a papá y caminaron hacia el estacionamiento.
Llorando, seguí el auto de mis padres flotando en el aire.
A lo lejos, el sonido de las sirenas de la ambulancia parecía acercarse, pero papá pisó el acelerador a fondo y tomó la salida de la autopista.
Poco después, llegamos a la casa de mis abuelos.
Corrí hacia ellos buscando consuelo, pero mi cuerpo atravesó la puerta de madera como si fuera humo.
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